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viernes, 9 de agosto de 2013

Oquedad

por Diana Brüja Pälacios

Encendí, una a una, las trescientas treinta y tres velas que iluminaban un letargo finito. Fue como intentar chupar el tuétano al hueso de un secreto en busca de su misterio insondable. Pasé de un cuarto a otro hasta que encontré el del vidrio roto; aquél donde se cuela el aire frío que aumenta la borrazón de la sonrisa, similar a esos hoyos en tu rostro que dibujan la silueta de unos labios que invitan al exquisito beso.
Camino como si no estuviera despierta; sin una explicación sincera, todo cambió: El hueco en el vidrio se transforma en la lupa que permite observar de cerca las profundas singanas con toda su fuerza y no hay respuesta a todo. No puedo evitar recordar que éstas sin acciones son sólo eso y en ellas no existe trascendencia. Ahora debo caminar hacia el origen de nuevo. ¿Sabes cómo? Al límite de mis posibilidades, contra mí, contra todos, contra nada.
No puedo evitar tañir mi faringe con una melódica composición de moda mientras estoy allí, mirando el agujero; pero sólo sale un sonido cóncavo, desgarrador y es que fui experta en hacer tan grandes y fuertes mis cuerdas vocales para lamentarme, para no tener sinfonías en otras situaciones que marqué mi garganta profundamente... Renuncié, por un momento, a continuar el regreso.
Mis pasos permiten la obertura en todo este andar. Ahora estoy tirada en la ceguera, en un círculo sin saber cómo salir esperando algo que no sé ni qué es. Deseo en lo más profundo de mi corazón que, al menos, tome la ley en mis manos y rellene esos hoyitos de sus mejillas, esos espacios vacíos inconclusos que no me permiten el libre juego de la vida y anuncia mi llegada al inicio, mi final.
¿Acaso esta oquedad no se llenará nunca? Desgraciada

Fotografía tomada de Internet

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Siete pecados capitales: Lujuria


Encuentro en tu sexo una sensualidad tan perversa que sueño incluso con el placer pasado, cómo se manifiesta en ti el instinto que llevas dentro, cómo me miras con deseo y con ganas de arrancarme la ropa; con ese salvajismo de penetrarme hasta lo más profundo para alcanzar recovecos jamás tocados. Gozaré cada momento de ti, sentiré en toda mi piel tu rocío de mar y abrazaré con mi fuego hasta que te hierva la sangre o quemaré tu piel cuando me toques; mientras te rodeo con mis piernas para que te introduzcas en otra posición. Quiero que mi locura se convierta en furia salvajemente aprovechada; con la punta de mi lengua investigar tu enorme y deliciosa virilidad endurecida y cabalgarte, saberte mío. 
SoLeSkOaLa4eVeR

jueves, 14 de octubre de 2010

Axólotl kone. Visiones del más acá


En algún lugar que va de la ciudad de los dioses hacia Puebla, se encuentra un estanque natural en donde abundan nuestros hermanos los axólotl. Yo pensaba mucho en ellos, en su brillantez alúmina que destellaban al verlos en su estado larvario. Recordé que seguramente nacieron en la era del agua en forma humana, pero ahora son los hijos de las venas de la Tierra, venidos a más para impresionarnos con los cántaros inmensos que tienen como piel la cual imita a esas grandes montañas de Federico Navarrete que se encuentran huecas por dentro, con esa coleta alargada más por el tiempo que por una situación morfológica. Ni toda la grandeza del mundo es comparable con su hermosura. Es por esto que nos comprenden y nosotros a ellos.

Después de acostumbrarme a imitarlos en el umbral de su prisión con esos pequeños ojos, que no hacen más que esperar el momento del desfallecimiento, decidí no acercarme demasiado; su olor peculiar a agua estancada me puntualizaba cierta nostalgia.

Estos seres que nos vieron nacer tan libres, ahora se encuentran acuartelados al igual que nosotros. Su evolución traza nuestro modelo de supervivencia por ser nuestros padres, hijo de axólotl, tío, primo, pero finalmente padres nuestros que están en el agua estancada, ya que no encuentran otra manera para sobrevivir. Porque he de mencionar que son mexicanos como yo, como tú y como todos los pronombres y calificativos aplicables a los que son de aquí, del origen.

Comencé a visitarlos, primero por admiración, después por nostalgia. Me hablaba con palabras que mi cerebro indicaba que no conocía, pero un sentido de intuición las descifraba sin necesidad de reelaborar un léxico; era como si yo las supiera siempre. Mamá, ¿los axólotl duermen de noche? Contéstame tú que eres uno. No hubo respuesta. Fue cuando comprendí que esa voz melancólica que cantaba una canción de cuna salía de mi interior.

Nunca hubo mayor resignación como ese día que me miré en un espejo al revés, con mis diminutos ojos observándome en el techo de mi hogar, contrario a lo que todo el mundo aprecia en su figura del quinto sol. Vi en mis ojos el reflejo de Quetzalcóatl representado en su forma acuática, con mis grandes plumas alrededor de la cabeza y un tono rosáceo de piel, hermosos reflejos a flote en un estado casi de parálisis.

Al unísono una voz melancólica al estilo castellano estaba cantando desde mi interior:“Un ajolote lloraba, porque no quería morir, muere ajolotito mío, que la luna te va a oír”.

México, D. F., a 14 de octubre de 2010.